Nadie nos vio llegar cuando entramos en las empinadas calles de tierra de Pulacayo. "Pueblo minero", rezaba un cartel y más abajo se leía: "Proyecto turístico Pulacayo". No había señales de vida: ni un zumbido de motores, ni una voz, ni un rumor llegaba de ese lugar. Sólo corría el viento de las cordilleras, silbando. Y en esa hora de rancia soledad, en la cual creíamos haber hallado un pueblo fantasma, alguien venía caminando sin apuro y nos miraba a nosotros mismos como si fuésemos aparecidos.

-¿Hay algo así como una oficina de turismo acá?- le preguntó Anibal, asomándose desde el volante de la camioneta.

-Ah, ése es el Ángel- respondió el hombre, como si revelara una extravagancia- A esta hora pueden encontrarlo.

Y nos indicó el camino. Seguimos una vía que atravesaba parte del pueblo. Pasamos frente a esas casas solas, de paredes terrosas, cuyas puertas de madera reseca parecían cerradas para siempre, hasta llegar a una pequeña playa de maniobras donde varias locomotoras antiguas nos cerraban el paso. Más allá se entreabrió un gran portón de hierro y apareció un hombre menudo, de modales parcos y amables, que se acercó a nosotros. Todo ángel, se sabe, es un mensajero.

-Están ustedes en Pulacayo- nos dijo- una de las ciudades mineras más importantes de la historia de Bolivia. Si quieren quedarse, hay mucho para ver.

Era Ángel Rivera Barja. Un pulacayeño que estudió economía en Potosí, pero prefirió quedarse en su pueblo para enseñar historia. Sueña con transformar todo el pueblo en un museo minero abierto que atraiga al turismo. Hablaba como para sus adentros, con una voz queda pero no privada de fe:

-Aquí mismo llegó a vivir uno de los presidentes de la República, don Aniceto Arce. Está su casa intacta y en ella todavía se halla el mobiliario traído de Europa. Hay chimeneas de mármol, vajilla de plata, arañas de cristal y también un piano de cola. Lo que ven aquí son las antiguas locomotoras. Aquella es la primera que llegó a Bolivia en 1889 y unía el puerto de Antofagasta, en la costa del Pacífico, con el asentamiento minero de Huanchaca, que está a unos kilómetros de aquí. Arce hizo construir el ferrocarril que recorría ese trayecto porque en esa época era el dueño de la mina. Aquella otra máquina con su vagón baleado es lo que queda del tren que asaltaron los bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid, porque aquí en Pulacayo había mucha riqueza entonces y no les pasó desapercibida cuando llegaron a Bolivia.

El paisaje, que revelaba jornadas de hierro y humo y viajeros, parecía una postal literalmente sepia. Todo se había detenido y de inmediato supimos que habíamos llegado a Pulacayo para escuchar su historia.

No había hoteles en ese pueblo, ni restaurantes, ni cafés. Pero los hubo. Para pasar las noches Ángel nos llevó a una de las construcciones que revelaban su viejo esplendor: las llamaban los Ranchos, pero eran grandes residencias donde se alojaban los administradores de las minas. Allí hubo chefs franceses, salones elegantes y banquetes y un obsequioso cine privado. Cuando entramos al amplio salón de recibo el vacío que habían dejado los años parecía resonar en nuestros pasos. Nos recibió una mujer anciana, que hablaba con monosílabos y nos condujo por un laberinto de largos pasillos, flanqueados de altas puertas. Elegimos tres habitaciones contiguas. Allí nos armarían las camas para la noche, pero en esa hora rotunda en la que el sol lo redimía todo, preferíamos no pensar lo que sería ese sitio a oscuras. Estábamos hambrientos. Luego de una larga hora la mujer nos cocinó unos huevos que comimos con unos trozos de pan y café. Luego Ángel, en las escalinatas de la entrada, nos contó bajo el sol la historia de Pulacayo, que para él reflejaba, como en un juego de espejos, toda la historia de Bolivia.

El atardecer estaba lejos. Desde el pueblo, arracimado en la falda de la cordillera de los Frailes, el cielo también parecía inalcanzable. Otro hombre llegó entonces. Su voz tenía la misma templanza y demora con la que miraba las cosas de la vida

-Soy Apolinar Salvatierra -se presentó- Mientras Ángel va a dar sus clases puedo acompañarlos por el pueblo.

Nos despedimos de Ángel y lo seguimos. Apolinar se detenía en todos los sitios solitarios y cerrados: invariablemente, como si toda su fuerza viniera del recuerdo, los vestía con su voz. Entonces su relato se poblaba de gente. Desfilaban los mineros con sus mujeres y las galas mejores para entrar al cine a ver lo que llamaba "seriales cowboyescas" de Red Ryder y Hopalong Cassidy o alguna película mejicana con Pedro Infante o Luis Aguilar. Desfilaban los que subían las lentas escaleras de madera al Club que estaba frente al cine, o los que jugaban al "palitroque" en los sótanos de la Sede Social o, en fin, los que se lanzaban a las chicherías donde buscaban ciertas mujeres, desde que las esposas habían botado al infierno aquella casa de tolerancia demasiado visible.

Y allí estaba en pie, pintado de verde todavía, con la hoz y el martillo de otra época recortadas sobre una enorme plancha de hierro, el Sindicato de Trabajadores Mineros. Allí mismo donde un día histórico se celebró aquel congreso de la minería boliviana, cuando  llegaron al pueblo los hombres que redactaron la legendaria Tesis de Pulacayo,  que todavía hoy, no sin nostalgia, vindican los mineros.

Apolinar contaba que detrás de todas las paredes había tesoros escondidos: maquinarias muertas, instrumentos antiguos, hornos de fundición, trajes sin dueño y fotografías y baúles y relojes. Parte de ese material está custodiado por la Corporación Minera de Bolivia (la Comibol). Hace tiempo la gente de Pulacayo pide, al menos, disponer de ese mundo de memorias para mostrar su pueblo como lo que es: un vestigio viviente en ese rincón relegado del altiplano, un museo de toda la historia boliviana. Acaso ese proyecto turístico salvaría al pueblo.

Bajo una placa que decía "Alianza para el progreso" sobre la pared de la hilandería cerrada, nos cruzamos con un hombre viejo, de ojos enrojecidos, que gastaba una boina marrón. Se llamaba Gilberto Rodríguez. Apenas nos saludó percibimos que su tristeza lúcida tenía un lazo inmediato con la bondad.

-Todo es doloroso aquí, muy doloroso. Ya no hay nada, no hay futuro.

Mientras lo decía decenas de chicos que salían de la escuela nos rodeaban. Veían la cámara encendida frente a don Gilberto, y no paraban de reírse y molestarse entre ellos para ocupar el cuadro.

-No hay futuro aquí y estamos muy alejados de lo que ocurre en el mundo. Como que no llega ni la prensa, estamos a veces en la ignorancia. Solamente captamos alguna noticia en la radio. Apenas lo de Bolivia, pero lo de más allá no lo sabemos.

-Ahora cuéntenos un día feliz- le pedimos.

-Miren, cuando yo tenía veinte años el carnaval era lindo. Venían orquestas de todas partes. Dos orquestas tocaban allá, de las mejores, donde ve usted esas cuatro ventanas que brillan al sol. Ese es el club Strongest. Cinco bolivianos era el aporte para entrar a bailar. Uno se disfrazaba e iba con su pareja y todo el día trotaba, bailando: cueca y cerveza y cueca. Amanecíamos en el baile. Ésa es la mejor época de mi vida.

Y de pronto, con la persistencia de las estaciones o la piedra, desde lejos, desde aquel lugar donde todas las promesas se habían desbarrancado, desde el fondo del tiempo sonó, lenta y aguda, la sirena de Pulacayo.

Nadie habló.

Tuvimos un ligero vértigo, el sentimiento de un aire de locura o algo peor, el miedo de no estar en ninguna parte, salvo en un sueño.

-Esa sirena marca... marcaba las horas de la entrada y salida de la mina -dijo don Gilberto, dudando acaso sobre cuál sería el tiempo verdadero en el que sonaba la sirena. Y agregó:

-Todo tenía su horario. La sirena toca a las ocho de la mañana. Toca... tocaba a las ocho en punto, ya para empezar a trabajar.

- Pero ahora nadie trabaja- dije.

-Ah, ya nadie trabaja -respondió don Gilberto- Es para dar la hora al pueblo, nomás. Para complacer al pueblo, porque nadie trabaja ya.

Cuando se hizo el silencio aparecieron dos chicos con sus sikus. Se pararon sobre los rieles de la vía y tocaron a dúo "Celia", en una versión temblorosa y pequeña. Otros hicieron sonar la vieja campana del guardavía. Sus sombras reverberaron con la nota redonda del bronce.

-Por lo menos los chicos hacen bulla- dijo Apolinar.

Otra vez solos, entramos a una calle de casas vacías. Hacía frío. Pulacayo, que estaba siendo borrada en el resplandor del día, fugaba hacia la noche como un recuerdo puro. Era así: como si el recuerdo se hubiera hecho tierra y nosotros camináramos sobre él, taciturnos, viendo en la voz de Apolinar lo que no estaba:

-Ésta era la calle de comercio- dijo el hombre. Y mientras mostraba lo que dejó el vacío decía:

-En toda esta callecita había comidas criollas, como api, chunchulines, asados de chancho. Esto era una peluquería, esto una sastrería, aquí estaba la tiendita bien surtida de Calderón y aquí un salón de billar y allá una sombrerería y más allá una zapatería. Por aquí transitábamos los mineros. Esto era una iglesia evangélica, el pastor se apodaba Pililo y le echaba duro al trago y su madre hacía unas galletas con miel bien agradables. Pero ha tenido que irse y sus feligreses también se han ido.

Apolinar miró en la oscuridad la silueta de una mujer que venía hacia nosotros por la calle de tierra. Sonrió.

-Aquí llega mi esposa- dijo- Les presento a Cristina Mercado de Salvatierra.

La mujer nos saludó a todos. Tenía los ojos blandos al mirar y una firmeza escondida. Luego supimos que era la presidenta de Asociación de Mujeres de Pulacayo. Al hablar su suavidad se volvía vehemente:

-Que sepan de nosotros, que sepan que hay gente que espera. Los pueblos necesitan de una mano y hay que abrir sus fuentes de trabajo. Aquí todo se ha parado: la maestranza, la fundición, la hilandería, la fábrica. Con ésta van tres o cuatro veces que se paralizó Pulacayo. Pero ha vuelto a surgir y ésa es nuestra esperanza. Yo pienso morir aquí, pero antes quiero hacer algo por este lugar.

Apolinar nos acompañaría a cenar. Su mujer regresaba a su casa. Pero antes de perderse en las sombras susurró:

-Dicen que somos un pueblo fantasma, pero los fantasmas somos nosotros.

Poco después subimos al Rancho 2, que era otro viejo hotel como el que nos destinaron para dormir, pero que aún conservaba su cocina en funcionamiento. Nos esperaba Antonia Anzaldo Sardán, a quien llamaban Tuca. Tenía una alegría contagiosa y hospitalaria. Armó una mesa larga donde comió todo el equipo de viajesinfin, junto a Ángel y Apolinar. Tuca nos sirvió un pique macho, ese sabroso guiso boliviano de carne, papas, ajíes, cebolla y tomate bien sazonados con ajo, pimienta y comino .

Volvimos al Rancho 1 a dormir. Dos o tres bombitas pálidas nos iluminaron el camino a los cuartos y allí caímos rendidos en las camas. Nos dimos vuelta contra la pared, acurrucados en bolsas de dormir y cerramos los ojos para que el sueño, en lugar del miedo, nos asaltara en la negrura de la noche.

Pero esa no era oscuridad. La negrura verdadera, la negrura esencial, nos esperaba en el corazón de la mina abandonada de Pulacayo. A la mañana Ángel llegó temprano, vestido con ropa azul de minero. Apolinar se nos unió y salimos con los autos para Huanchaca después del café. Recorrimos un terreno escarpado, rodeado de laderas rojizas y arbustos espinosos. En media hora llegamos al pueblo que habían fundado los españoles, cuando en el siglo XVI buscaban un lugar para fundir la plata obtenida en las minas de Potosí o de Porco. Hallaron agua, turba y excremento de llama que les servía como combustible. Mucho después descubrieron el filón de plata que fue la mina de Pulacayo y comenzaron a explotarlo hasta que huyeron a causa de la sublevación indígena de Tupac Katari, hacia 1780. La fundición volvió a abrirse después de la guerra de la Independencia. En la mina hallaron mucha agua y abrieron un socavón para desaguar. La población de Pulacayo era el sitio hacia donde se abrió la bocamina. Muchos años después llegaría la explotación de Mariano Ramírez y luego la de Aniceto Arce, la formación de la "Compañía Huanchaca de Bolivia" y el ferrocarril.

Y allí estaba Huanchaca frente a nosotros, con su plaza central y sus casas desharrapadas, aunque muchas de ellas tenían todavía puestos sus candados en las puertas. Allí las cuatro paredes de la iglesia sin techo, de estilo barroco mestizo, mostraba una inscripción de 1879. Dentro de ella aún se distinguían las molduras de las columnas, algunos artesonados, y se sentía, en las hornacinas de las capillas, el aire puro de los santos huidos. Un hilo de agua que pasaba cerca y el viento en las montañas eran los únicos rumores que poblaban este universo.

Luego subimos al cerro para entrar al cementerio de Huanchaca. Las cruces de piedra y las lápidas databan del siglo diecinueve. Hacia adentro advertimos una capilla y en sus nichos se veían pequeños ataúdes rotos, con cuerpitos de niños vestidos de seda y momificados por el aire de la montaña. Apolinar y Ángel arreglaron uno de ellos, con absoluta naturalidad. El cielo estaba azul y en un instante nítido en el que nadie se movió, cayó sobre nosotros, con una oleada gigantesca, el tiempo perdido de otras vidas.

Cuando dejamos el lugar, comprendimos que la gente de Pulacayo creía que Huanchaca era su pasado, pero en los malos sueños de la pena temía con razón que ese páramo de ruinas podía ser su porvenir.

Para regresar tomaríamos un camino distinto. Nuestros guías de ruta nos dejaron en la entrada del túnel que atravesaba el cerro Pacamayu. Se llevaron los autos y con ellos se fue Ángel a dar clases. Entretanto, Khédija, el camarógrafo Adrián, Anibal y yo, con unas linternas nada sofisticadas y sin casco, entramos a la mina. Nos precedía Apolinar. Anibal no ocultaba su viejo entusiasmo por las grutas y las cavernas y estaba dispuesto no sólo a filmar una parte del trayecto sino a recorrerlo por completo hasta salir del otro lado, por la bocamina de Pulacayo. Al verlo tan resuelto, concentrado en ese único objetivo, toda la infancia volvió de golpe y recordé las tardes en que leí Viaje al centro de la tierra de Julio Verne, cuando el profesor Otto Lidenbrock le decía a su sobrino: "Ahora vamos a hundirnos de verdad en las entrañas del mundo". Y yo, como Axel, antes de internarme en ese largo corredor oscuro, no sin resignación, miré una vez más el cielo, que se volvería un punto de luz remoto hasta desaparecer cuando avanzara la caminata.

-Antaño hubo gases tóxicos aquí -dijo Apolinar tranquilamente- Era una especie de humo que salía de la tierra misma. Paralizaba a los mineros: comenzaba en los pies y después les quemaba el cuerpo como una cáscara de papas. Pero ya no hay peligro. En la época de lluvias, cuando no hay mucho viento, el olor del gas a veces baja al pueblo.

Un carro minero, que se utilizaba para transportar los minerales, haría ese recorrido en unos treinta minutos. Sólo que ya no había carros allí y Anibal nos había convencido de llegar al final. Eso habría de ocurrir cuatro horas después, pero a mitad del camino, cuando estábamos en el corazón del cerro, cuando el suelo estaba poceado y resbaladizo por lo que se filtraba del caño maestro que llevaba agua hasta el pueblo, cuando hacíamos equilibrio sobre las vías y las paredes se volvían estrechas y de bordes filosos, cuando ya no se veía ni siquiera el puntito de luz de la entrada o la salida, cuando estábamos irremediablemente solos, a Anibal se le ocurrió decir:

-Apaguen las linternas.

Y lo hicimos. Y nada fue igual para nosotros, porque nunca vimos ni veremos con estos ojos vivos una oscuridad como aquella. La oscuridad del interior del mundo, la negrura total y devoradora, la madre y la tumba terrestres. Y un frío de tiniebla y un saber ciego, allí mismo, en el centro de la materia, mientras callábamos. Hasta que alguno de nosotros encendió la débil luz amarillenta de su linterna y nos reímos un poco.

-En el filón los mineros trabajaban quince minutos nomás, en cueros, mientras otro le echaba agua en la espalda. El promedio de vida era de cuarenta, cuarenta y cinco años- contó Apolinar- Claro que en la mina vida y muerte son la misma cosa. Muchos enfermaban de silicosis, el mal del minero. Y como había minas más modestas y salubres que ésta, nadie hizo mucho para que no cerrara. Hoy quedan unos cuarenta cooperativistas, que explotan la mina a pico y pala, como en el siglo pasado.

Cuando salimos a la bocamina en Pulacayo estábamos exhaustos, embarrados con un lodo ocre y pegajoso, con las caras absortas como salidas de un sueño intranquilo. El sol último de la tarde que se iba nos rescató, pero no mucho después llegó la noche.

Acompañé a Apolinar a su casa y luego volví con él para cenar en el Rancho 2 cuando las calles ya estaban sin luz. El viento seguía soplando.

-¿Usted cree en fantasmas?- me preguntó.

-En la imaginación creo- le dije- ¿Usted cree?

-Mire allí abajo, cerca del hospitalito, suelen juntarse más aparecidos en las horas malignas. Yo creo, sí. A mí me sucedió una anécdota bien grande. Faltando poco para que se muera mi comadre, dentro de la casa donde vivo antes de dormir comencé a cerrar todo y a apagar las luces. Pero al cabo de un rato se abrió una puerta y surgió una mujer vestida de blanco como si estuviera flotando en el aire. Yo me puse coraje y luego fui por detrás de ella a cerrar la puerta cuando se fue para otro cuarto. Y se me estremeció el cuerpo como si viera una cosa de ultratumba. Claro que en esa hora maligna no me pasó al menos lo que a los mareados que son adictos a las mujeres. Ellos ven en algún rincón una dama que les comienza a coquetear y se van con ella a una vivienda desconocida donde hablan y beben y luego se acuestan juntos. Hasta que a la mañana siguiente el mareado aparece durmiendo en un chiquero o en un corral. Nos han contado que cuando una persona tiene un pecado y se muere, llega por la noche un carro de fuego que conduce el Tío, que es el nombre que aquí le damos al demonio, y el pecador sube allí y parte, me imagino yo, a los infiernos. Y es nomás que el diablo existe, según yo veo que hay apariciones.

A esta altura llegamos, por fortuna, al Rancho 2 iluminado. Comimos todos juntos otra vez la comida de Tuca y nos fuimos bromeando en voz muy alta a dormir al otro Rancho. La puerta estaba abierta pero no había nadie. En poco tiempo sonarían las doce.

Para llegar al baño debíamos recorrer un largo pasillo en penumbras y doblar a la derecha hasta dar con él. Nunca estuvimos tan corteses para que el otro tomara la iniciativa. ¿Debo decir que todos los hombres del grupo tomamos la valiente decisión de ir juntos con un coraje sin límites, digno de chicos de cuarto grado? Volvimos con la cohesión de una tropa y nos fuimos a dormir. Nadie habló del cementerio y de la mina a oscuras y yo me cuidé muy bien de contar la visión de Apolinar.

Pero no pudimos dormir de un tirón esa noche, y el viento furioso de Pulacayo se desataba golpeando con ruido de goznes o de pasos. Un ruido que inadvertidamente se volvía nítido y regular, como si las puertas se fueran abriendo una a una, como si alguien recorriese los pasillos del gigantesco Rancho y nos buscara en cada habitación para reclamar por la paz que le habíamos quitado.

A la mañana siguiente fuimos a tomar el desayuno que nos sirvió Tuca. Antes de irnos nos quiso cantar un huayno dedicado al cerro más querido:

-El cerro de aquí al frente, al que le tenemos mucha fe, es el Paisano. Si alguien se va de Pulacayo sin despedirse del Paisano o invitarlo con una khoa, que es una ofrenda a la madre tierrra, le va mal o se muere. Y si mucho le dice "me voy, me voy", algo puede pasarle y se queda enterrado acá. Yo voy a cantarles un huaynito dedicado al cerro.

Y cantó:

-"Si en Pulacayo yo nací/ tierra minera del ayer/ es el Paisano noble guardián,/ del sufrimiento de mi pueblo./ ¡Oh, Pulacayo, tierra minera!/ Para ti mi noble corazón,/ para ti mi amor,/ hija de nuestro gran Potosí".

Nos despedimos de todos, de Tuca, de Gilberto, de Ángel, de Cristina, de Apolinar. Y también nos despedimos del Paisano, que estaba detrás, rojo en la mañana alta.

Ese día la sirena había sonado por última vez para nosotros, como si buscara el secreto del tiempo. Doña Cristina Mercado nos lo había dicho: "Este pueblo todavía está esperando que algo pueda suceder". Y mientras todos esperan sin ira, distraídos de los reales colores del mundo y de sus cambiantes luces, la sirena de Pulacayo, obstinada y lenta, aún suena en la hora exacta de la desolación.

   

 

 


¿Butch Cassidy en Pulacayo?

En Pulacayo aseguran que una de las locomotoras y su vagón de madera que allí se conservan, pertenecen a un tren asaltado por Butch Cassidy y Sundance Kid. La leyenda afirma que al oír de la riqueza en oro y plata que se amasaba en el pueblo, los bandidos decidieron robar los preciados lingotes. Pero al llegar descubrieron que el botín esperado se escondía en las vetas del mineral en bruto extraído de las minas. Optaron por asaltar un tren que venía de Uyuni con la remesa de dinero para pagar los salarios. Dado el terreno en pendiente, dicen en Pulacayo, les fue muy sencillo tender una emboscada y cometer el atraco.

No hay demasiadas pruebas documentales del hecho, como no sea el testimonio de los habitantes. Pero hay muchos puntos oscuros respecto de la actividad delictiva de los bandidos en Bolivia. Según las investigaciones de  Anne Meadows y Daniel Buck, especialistas en el tema, Butch Cassidy y Sundance Kid fueron empleados de una mina de estaño en Concordia hacia 1906 y la abandonaron en 1908.  Percy Seibert, gerente de esa mina, les atribuyó varios asaltos durante esos años, que nunca  pudieron ser probados. Poco después asaltaron la remesa de la mina de Aramayo en Tupiza, y al verse perseguidos, según testimonios fidedignos, Butch y Sundance afirmaron dirigirse "al norte y a Uyuni". Acaso su destino era Oruro y en ese camino debían pasar forzosamente por Pulacayo. Nunca llegaron, sin embargo, porque morirían durante el tiroteo con una patrulla militar en San Vicente, a 75 millas de Uyuni. Para querer huir hacia allí, es probable que conocieran bien esa región y entonces nada nos cuesta imaginar que la reliquia de Pulacayo es, en verdad, el tren asaltado por los bandidos en un día ya legendario.

Pulacayo entre dos siglos

La mina de Pulacayo y el ingenio de Huanchaca fueron explotados desde la colonia y se cerraron después de las sublevaciones indígenas y las guerras de la independencia. Los reabrió Mariano Ramírez y más tarde los controló el futuro presidente Aniceto Arce, que los explotaría desde la "Compañía Huanchaca de Bolivia". Arce construyó su casona europea en Pulacayo hacia 1879 y edificó palmo a palmo el poder que lo llevaría al gobierno, tiempo después de la guerra del Pacífico, a la que se oponía. En la presidencia consiguió al fin el tendido del primer ferrocarril boliviano, que llegaría desde la frontera con el litoral perdido a manos de los chilenos hasta Uyuni, Pulacayo y Huanchaca en 1889.  El ferrocarril pasaría poco después a manos de una empresa inglesa: "The Antofagasta and Bolivian Railway Company".

Con la decadencia de la plata en las primeras décadas del siglo XX, surgieron los "barones del estaño", Patiño, Hochschild y Aramayo. Estos hombres habían formado el "superestado minero" que se conoció como "la Rosca", cuyos intereses imponía a todos los gobiernos. La mina de Pulacayo era propiedad de Hochschild. Este poderío comenzó a resquebrajarse con la crisis de 1929, el descenso del precio del estaño y la guerra del Chaco, entre 1932 y 1935. Desde entonces nuevos actores sociales y partidos irrumpieron en la historia boliviana y Pulacayo fue un centro de esos cambios.

En 1946 se reunió allí un Congreso Extraordinario de Trabajadores Mineros, donde se redactó la famosa "Tesis de Pulacayo", un documento de reivindicación social de cuya semilla, aseguran en el pueblo, nació la Revolución Nacional de 1952, que colocó en la presidencia a Paz Estenssoro del MNR, y también fue la base fundacional de la Central Obrera Boliviana. La Revolución nacionalizó las minas, implantó el voto universal e hizo una reforma agraria, pero no alcanzó a desarrollar sus logros. El gobierno de Siles Suazo alegó los altos costos de producción y cerró la mina en el 59. Entonces comenzó un éxodo increíble: 22.000 habitantes que tenía el pueblo, quedaron 2000.

Hubo luego un breve renacimiento con el desarrollo de la planta industrial Pulacayo -maestranza, fundición, fábrica de repuestos- y una hilandería de alpaca. Hasta que después de todas las dictaduras, llegaron los cambios de la economía mundial, y Paz Estenssoro, que había nacionalizado en los años cincuenta, privatizó los bienes del Estado. La industria de Pulacayo, que a nadie interesaba, colapsó en los noventa y se produjo un nuevo éxodo de trabajadores. Hoy sólo quedan las cuarenta personas de la Cooperativa minera que explotan la mina manualmente, como en la época de la colonia, los docentes que trabajan en el colegio, los niños y los rentistas (jubilados). No quedan más que 800 personas en el pueblo.

 
 

Escenario
P
ulacayo

El pueblo boliviano de Pulacayo se alza sobre el cono de un antiguo volcán. Asentado sobre la ruta que conduce a Uyuni, se destacó desde tiempos coloniales debido a su rica producción de plata.
Sin embargo, su fundación como centro minero es tardía y data de 1912. Dicha fundación consolidó su rol como polo de desarrollo económico, el cual venía desempeñando con anterioridad. La vitalidad de Pulacayo se legitimó hacia 1890, al convertirse en cabecera del primer ferrocarril boliviano. Inaugurado por el presidente Aniceto Arce, el eje ferroviario tenía como destino el puerto de Antofogasta, sito en el otrora litoral marítimo boliviano, perdido irremediablemente a manos chilenas tras la Guerra del Pacífico (1879-1884).
La marcha del ferrocarril sembraba a su paso el sueño esperanzador de los miles de hombres, mujeres y niños del altiplano, que con ojos asombrados veían y oían el estrepitoso paso de un titán que les hablaba de mares y de grandes urbes que jamás conocerían. Hoy, ese mismo sueño yace muerto en el alegórico cementerio de trenes de las afueras del pueblo de Uyuni, triste postal de la desolación regional.
Pero el pueblo de Pulacayo tuvo un pasado glorioso y no sólo debido a su posición estratégica en la economía boliviana. Al compás de su desarrollo como centro argentífero se fue gestando, lentamente, un sólido y vigoroso movimiento obrero corporizado en los trabajadores mineros.
En las húmedas y agobiantes profundidades de los socavones—escenarios cotidianos de la explotación, el agravio y el ultraje—miles de trabajadores recreaban los tormentos que, siglos atrás, habían padecido sus antepasados en la amarga mita potosina. Pero al igual que para sus antecesores, los pueblos mineros constituyeron espacios de identidad y solidaridad. Dado el carácter aislado de los mismos, sus habitantes aprendieron a cultivar y profundizar vínculos de cooperación y solidaridad—expresados tanto en términos étnicos como parentales—tejiendo con hilos de plata redes de ayuda mutua que también supieron bordar los corazones y las conciencias de estos hombres de metal.
Así, en noviembre de 1946 el pueblo de Pulacayo se convirtió en la sede del Congreso Extraordinario de Mineros organizado por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia. Dicho congreso parió las mentadas “Tesis de Pulacayo”, que constituyeron un salto cualitativo en la configuración de la clase obrera boliviana y se convirtieron en un preludio de lo que sería la Revolución de 1952. Dichas tesis condenaban el carácter capitalista de la sociedad y propulsaban una revolución socialista a través del ejercicio de una política obrera independiente en alianza con otros sectores sojuzgados como el campesinado. Asimismo, proponían la ocupación y el control directo de las minas por parte de los trabajadores y la formación de milicias obreras. Esta radicalidad política sin precedentes en la historia del movimiento obrero latinoamericano estampó al pueblo de Pulacayo el mote de “cuna del sindicalismo boliviano” y, sin dudas, lo fue.
Pero la radicalidad política de los obreros bolivianos—sinónimo de mineros—no se reducía solamente al plano programático. Cuando hacia la segunda mitad del siglo XX se produjo la Revolución Nacional de 1952 encabezada por una contradictoria alianza que nucleó al histórico Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y a los mineros del estaño, éstos últimos supieron defenderla de las agresiones–tanto externas como internas—marchando sobre la ciudad de La Paz cargados de dinamitas—su herramienta de trabajo por excelencia—hasta lograr el triunfo pleno de la revolución.
La primera gran victoria fue la aplicación del Decreto de Nacionalización de las principales minas de estaño, las cuales permanecerían bajo control de los trabajadores. El poderío del movimiento obrero organizado posibilitó a los mineros un accionar independiente, llegando a poseer sus propias milicias.
El paroxismo revolucionario llegó a su fin tras la ruptura de la débil alianza que lo sustentaba. A partir de allí se inició un ciclo dictatorial que buscó limitar—cuando no exterminar—el poder de los sindicatos mineros, matizando la combatividad con propuestas de corte populista que intentaban recrear, aunque sin éxito, las condiciones pre-revolucionarias de 1952.
Sin embargo, todos estos intentos signados por la violencia explícita no lograron neutralizar la capacidad de veto a las políticas gubernamentales por parte de los trabajadores organizados. Paradójicamente, fue un gobierno “democrático” el que puso fin al activismo social de los sindicatos.
La década de 1980 marca en Bolivia un punto de inflexión capital. Tras el nuevo triunfo en 1985 del histórico protagonista de la Revolución de 1952, Víctor Paz Estensoro, se inicia un programa de ajuste ortodoxo neoliberal que socava, sistemáticamente, la capacidad operativa y de resistencia de los trabajadores. El desplazamiento de la centralidad minera dentro de la economía boliviana contribuyó, dramáticamente, a balcanizar y decapitar al sector social más combativo y dinámico de la población.
Una de las principales medidas que asumió el gobierno del MNR fue el despido masivo de más del 75% de la mano de obra perteneciente a la minería pública. Fue éste, sin dudas, un golpe letal al movimiento obrero si tenemos en cuenta que el sector minero constituía la columna vertebral del mismo. Como consecuencia, se inició un peregrinaje errante de miles de familias mineras que llegaban a las ciudades, deambulando con carpas de plástico que hacían las veces de viviendas, mientras lograban conseguir un nuevo trabajo. Irónicamente, el gobierno llamó a este proceso “relocalización” de la mano de obra. Paralelamente, también se inició un proceso de privatización de la minería estatal con su concomitante desnacionalización (o transnacionalización).
La contracara de lo precedente fue el abandono de los antiguos asentamientos mineros. Al igual que un sin fin de pueblos mineros altiplánicos, Pulacayo ha devenido en una pieza digna de la arqueología boliviana: locales sindicales derruidos, calles desiertas, un teatro sin funciones y más casas cerradas que habitadas hablan al presente de un puñado de sobrevivientes para quienes el tiempo se detuvo. Estos restos del pasado nos cuentan historias de un desarrollo truncado, de esperanzas marchitas, de trabajos vapuleados, de alegres fiestas carnavaleras que, al igual que la mayoría de sus habitantes, ya no retornarán.
De la nacionalización a la relocalización podría intitularse, a modo de paradoja, la historia de Pulacayo que aquí se inscribe. Casi como sobrevivientes de una guerra, sus pobladores rememoran los días en que la mina constituía un centro de actividad festiva, cultural y política. A pesar del carácter fantasmal del pueblo, estos hombres y mujeres de metal se niegan a aceptar su destino e imaginan un futuro diferente que cobije los sueños que una vez forjaron al calor de sus luchas.


Investigación y textos:
Fernanda Molina y Ana María Presta